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El ocaso de la celestina, por Jordi M. Novas

Publicado en Relatos con etiquetas , , , , , el Julio 9, 2009 por nochesprohibidas

Aunque llueva pura mierda constantemente y nos de igual, a veces aún nos molesta algo en el estómago. Mis amigos y yo decidíamos ir a veces a la montaña para sentirnos muy aislados, muy apegados a la tierra -eso les decíamos a todos-, aun llegando arriba y poniéndonos a hurgar en nuestros móviles, a escribir mensajes y llamar y presumir con todo el mundo de lo muy bien que se respira fuera de la ciudad. Así que fuimos una vez más todo el día arrastrando los huevos por el suelo mientras nos llenábamos los pulmones de aire puro entrecomillado; aunque de vez en cuando yo me fumara un cigarrillo, cuya colilla acababa en un cenicero portátil pensado para contrarrestar el sentimiento de culpa ecológico.
Subimos pegándole patadas a las piedras y hablando de nuestros trabajos y de la mucha suerte que tenemos con ellos, intercalando esos comentarios con resoplidos de hastío porque era domingo por la tarde -siempre lo era-, y al día siguiente teníamos que volver a trabajar. Nuestros escrotos siempre llegaban a cubrir buena parte del sistema montañoso.

Una de las chicas de la “expedición”, una semidesconocida, prima de alguien y pasto de futuras fantasías pajilleras, comenzó a hablar de lo orgullosa que estaba por haber hecho enrollarse a dos amigos que según ella “lo estaban deseando”. Sonreía a mandíbula batiente con su boca de chupona mientras no podía parar de comentar la escena en la que, delante de ella, la pareja se dio dos besos de presentación, y de lo tímidos que eran y de que sin duda necesitaban su ayuda para dar “el paso”. Después de ese monólogo apología del altruismo sensacionalista, su novio, otro semidesconocido, un tipo engominado, le dio un beso y cuchicheó algo que nadie más pudo oír.
Algo se revolvió en varios de los estómagos presentes. Pero nadie dijo nada.
Algunos volvimos a sentir entonces en nuestro interior esa sensación de que las casamenteras tan solo andan unos pasos por debajo de los nazis en la escala moral. Esas cabronas de sonrisa condescendiente, entre otras cosas, hacen que en las multisalas cada vez estrenen más cine de diseño, y que la televisión cada vez dé más asco. Y se enorgullecen de ello. Bien pensado, Hitler por lo menos tenía principios. Son esas pequeñas cosas, ese convertir la parte más íntima y valiosa de la gente en un espectáculo morboso, lo que hace que nuestro modo de comportamiento acumule cada vez más proyectos de campos de concentración para neuronas.

Dicha casamentera, cuyo novio seguro sólo utilizaba como funda para el pene, se pasó toda la excursión hablando sin decir nada. Uno, viendo parejas así, solo puede pensar: aborto. Hay óvulos que deberían poder tener la suficiente autonomía como para esquivar a los espermatozoides según el caso. Tenían la pinta de ser de esos futuros padres que educan a bofetadas, y luego defienden a su hijo a toda costa ante terceras personas sea lo que sea que haya pasado. Se me pasan por la cabeza montañas de libros ardiendo con familias de ese tipo bailando alrededor.
De alguna forma, cierta inercia natural debe intervenir para hacer que gente así se reproduzca. Lo jodido de la madre naturaleza es que nos ha concebido para que multiplicarnos nos parezca casi una obligación. Y una vez lo hacemos, nos abandona a nuestra suerte con nuestra actitud egoísta, nuestra torpeza para criar a un niño, nuestra incapacidad para la monogamia, con las mentiras, etc. Hay parejas que llegan a abandonar a su crío recién nacido en una papelera. Quizá nunca un servicio público haya sido utilizado de una forma más pura y reaccionariamente sincera. Es escalofriante y simbólico a la vez. Es una reacción típicamente humana que recrea en las páginas de sucesos un paisaje representativo perfecto: un niño llorando entre la mierda en medio de un bonito parque familiar. Cambia de canal… Dan ganas de pasarse un día un montón de horas en una iglesia vestido de pingüino y después tener un montón de churumbeles que, según cómo te funcione el cartón, sólo son un problema de tres kilos. Desde luego cada uno se lo monta a su manera.

Casamentera y Engominado, tal y como lucían, seguro formaban parte del kilométrico grueso de personas de vida práctica llevada por la inercia de “lo normal”, que hace que todo lo aberrante se convierta en algo cotidiano.
Fuimos subiendo la montaña, cruzándonos con otros excursionistas; era una de esas jornadas de sonrisa sincera que se va apagando a medida que se va el sol; el momento más bello del día significa la vuelta a una rutina de la que no te atreves a presumir cuando se te echa realmente encima.
Mientras pasaban las horas de la tarde, y aún lejos del ocaso portador de otra semana exactamente igual que la anterior, Casamentera siempre tenía alguien de quien hablar. A ella igual le hubiera dado estar ahí que en la peluquería; y a medida que su vocecilla se nos clavaba en la cabeza, y sin tener la perspectiva de su novio de beneficiársela más tarde, como todos estábamos comenzando a desear que estuviera ya de una vez, era muerta.
Podía imaginar perfectamente a Engominado tapar la boca de su novia a morreos en el piso que ambos tenían alquilado sólo con tal de dejar de oírla.

El núcleo de ocio principal de Casamentera tan solo parecía ser el sonrojo de los demás: ver cómo personas ajenas a ella intentaban salir de una encrucijada, verles sonreír nerviosamente para mofarse “inocentemente” de ellos a sus espaldas, o verles sufrir para poder decirles lo que tenían que hacer. El ocio basado en la manipulación justificada por el altruismo para con los que celebras cumpleaños o llamas Amigos -lo sean o no-, ya es toda una tradición. Parece ser una forma de vida vacía basada en la supuesta bondad de quien dice querer tan solo lo mejor para los demás. Es como formar tu propia obra de teatro con gente real que quizá sólo intenta tener a buen recaudo su intimidad, vivir acorde a sus ideas; cosa que una casamentera no puede permitir, porque su vida perdería mucho sentido si alguna vez tuviera que vivir de acuerdo a algún principio sólido, en lugar de poder comparar su supuesta vida sentimental feliz con la de los demás.
Son justo esas personas las que hacen que el cinismo crezca como una mancha de aceite a su alrededor, como puro efecto compensatorio. Llegados a un punto de la excursión, cuando ya descendíamos, todos excepto Engominado concluimos que, inevitablemente y en nombre de la cordura, Casamentera merecía morir.

Aparte de la pareja modelo, éramos cuatro personas más, una de ellas chica. Notas la superficialidad de alguien sobre todo cuando ves el contraste en el agravio comparativo. La otra chica se llamaba Natalia, y no dijo nada en toda la excursión, solo se limitó a mirar con asombro a Casamentera, incrédula de que una sola persona adulta pudiera albergar tanta idiotez y maldad color rosa de revista basura. Habíamos conocido a Natalia tres años antes mientras vagaba por la ciudad, recién llegada, buscando piso y con apenas una maleta en propiedad. Nos pareció tímida e inteligente, curiosa y respetuosa, e interesante cada vez que intervenía en una conversación. Más o menos justo el perfil de persona que suele acabar siendo víctima de Casamentera, que es cuando la bondad auténtica topa con la de diseño, y mientras una persona se convierte poco a poco en un ángel cada vez que habla, la otra te parece cada día un poco más gilipollas.

Hacer esto cada fin de semana estaba comenzando a ser agotador. Pero no había forma más segura. Y además, después de hacerlo una sola vez ya no puedes tirarte atrás, y el impulso de seguir es demasiado poderoso.
Esta vez Engominado era la “X” de la ecuación. Hubo arduos debates hasta que llegó el momento en que decidimos que él también debía morir. No puedes confiar en alguien para que te guarde un secreto; pídele a quien sea lo que sea, pero no le confíes nada que no quieras que se sepa sobre ti. Es absurdo intentarlo; Engominado era idiota, pero no tanto como para hacer la vista gorda ante un asesinato en su presencia.
Decidimos hacer realidad esos deseos lúbricos de liarte a cuchilladas con alguien que realmente te asquea, que estás convencido de que contamina la humanidad y merma su potencial intelectual con posibilidades para crear vida inteligente real en la Tierra; algo que sustituya al capitalismo sustentado por el conformismo, que basa sus cimientos en la ignorancia de quien cree ser muy digno simplemente pasándose la vida intentando chupársela a sí mismo.
Y el primer paso a pie de campo son, por ejemplo, las casamenteras. No hay forma de organizar una revolución si antes no eliminas las partes más nocivas de la población. La casamentera representa justo lo que hay antes del individualismo autofelatorio: alguien que no se conforma con estar bien a un nivel individual, sino que además tiene que alterar su entorno para sentirse viva observando los cambios, ya sean a mejor o a peor. Es la ciudadana perfecta a quien poder manipular, alguien a quien le tiras una pelota mediática en forma de boda entre famosos, y va como una retrasada tras ella a esperar tras una valla para poder ver de lejos a las supuestas celebridades.

Lo hicimos bajando. Nos metimos en el bosque de siempre con la excusa de siempre del atajo, lo suficientemente alejados de cualquier ruta; lo suficientemente lejos de la comodidad que busca el excursionista que en el fondo quiere seguir en la ciudad, con todo bajo control, con esa sensación, aunque sea bajo los árboles.
Natalia tenía perfeccionado el golpe en la nuca para quitarnos de encima la molestia de turno. En este caso, Engominado. La mochila de Natalia pesaba siempre tanto porque ella siempre llevaba las cadenas y el mazo. Engominado cayó al suelo inconsciente tras el golpe en la nuca. Casamentera comenzó a flipar del modo habitual. La agarramos mientras preguntaba sin parar qué era lo que pasaba. Que es justo lo que ella quiere ignorar que pasa en otros lugares, lo que está lejos, la tortura y la muerte que ella sustituye por chismorreos y sexo seguro. Todo lo que daba por sentado Casamentera, se estaba yendo a pique, un pequeño ejército tercermundista se había colado por una brecha inesperada y estaba amarrándola a un árbol con unas cadenas. Algo que en muchos casos estaría justificado por esa venganza pura e inevitable con raíz en la miseria, pero que en este caso sólo era la mera materialización de los principios de unos pocos que ya habíamos perdido la perspectiva sobre lo que es lícito y lo que no; sobre todo, en un mundo en que sucede lo mismo a gran escala. No nos sentimos mal vaciando de vida a Casamentera igual que ella nunca se sintió mal jugando a las muñecas con sus amigos y reforzando su felicidad planeada en despachos a golpe de tarjeta de crédito. Ella era el producto de un mundo en que muchas personas habían salido de la misma idea de base: ya estás bien así, no intervengas. La vida comenzó a perder valor cuando la dignidad y la libertad comenzaron a consistir en ser lo suficientemente listo como para hacer la vista gorda con todo.

Atamos a Casamentera dejando uno de sus brazos libres, colgando. Ella lloraba y no quería ser una víctima física del mismo modo que otros fueron sus víctimas emocionales. Había topado con nosotros, y a nosotros la gente como ella ya había dejado de parecernos entrañable y simpática, por mucha pinta de muñeca Bratz que tuviera. Era una chica joven y con todo el futuro por delante, perfectamente maquillada, con el look cuidado de excursionista, con dinero en el banco y un trabajo que hacía que todos los demás asintieran respetuosos; y tenía un novio tan majísimo y bien vestido como vació por dentro; era una chica normal que disfrutaba con cosas normales. Era a simple vista perfectamente apta. Pero a nosotros todo eso ya había dejado de impresionarnos. Sus defectos para nosotros eran el veneno más efectivo, más sutil, más aceptado: los frenos perfectos de una evolución coherente.
Esta celestina significaba un antes y un después, era un objetivo deseado desde hacía tiempo, desde el principio, cuando Natalia nos enseñó que la vida no es sagrada cuando parte de ella es un gran tumor que necesita extirparse.

Comenzó a anochecer de verdad. Los últimos rayos de sol se colaban entre arbustos, llegaban desde el horizonte cuando Natalia comenzó a tirar del brazo de Casamentera. ¿Disfrutábamos nosotros también en este caso del morbo del asesinato? ¿Éramos yonkis de la misma droga que nutría la mediocridad de Casamentera?… Nunca nos lo planteamos, esto restaba para bien. La idea era que sufriera. Una muerte rápida para alguien así puede ser un regalo. Nunca puedes fiarte de esa luminosidad que se desprende a veces de la mirada de una persona así; en realidad podría estar agonizando. Así que la víctima por lo menos debía sufrir unas cuantas horas.
Tirábamos del brazo de Casamentera por turnos, todos debíamos sentir su desvanecimiento en primera persona. Arrancar un brazo de cuajo no es fácil. Y tampoco que la víctima no se desmaye en el proceso. Natalia llevaba en su mochila pastillas, fármacos; los suficientes para que la celestina pudiera llegar a ver deslavazarse sus músculos una vez el hueso se hubiese salido; debía sentir su carne tironeando hasta desprenderse de ella, y notar hasta el último momento cómo la sangre abandonaba el huésped hasta provocar la muerte.
Casamentera vomitó un par de veces, hasta que al final logramos separar su brazo del cuerpo. Ya era totalmente de noche. Apenas conseguimos alumbrar la escena con nuestros móviles. El golpe en la cabeza a Engominado había sido suficiente para dejarlo sin pulso, una corona de sangre rodeaba su cabeza boca abajo en la hierba. Eran las diez de la noche, y al día siguiente teníamos que madrugar. Marchamos hasta los coches aparcados abajo. Los últimos estertores de voz de Casamentera no podían oírse desde ninguna ruta. Bajamos con calma. Alguien propuso tomar una copa en una terraza tranquila antes de ir a casa. Nos pareció una buena idea.

[En el video, trailer de “The Box”, nueva peli de Richard Kelly (“Donnie Darko”, “Southland tales”), director que me inspira especialmente y al cual hasta ahora (a diferencia de otros) lo veo intachable en sus arriesgadas propuestas, incluso con sus defectos. Más directores así hacen falta. En su nueva peli adapta un cuento de Richard Matheson llamado “Botón, Botón” en el que los protagonistas se ven en la disyuntiva de ganar un millón de dolares cada vez que aprieten el botón rojo de una caja que se les entrega; a cambio, eso sí, de que cada vez que lo aprieten, una persona en el mundo morirá. Así se las gasta el amigo Kelly, en una película que supuestamente tiene que buscar una buena respuesta en taquilla después del fracaso comercial de “Southland Tales”. Suerte, directorazo.]

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K7-C9, por Billy Macgregor

Publicado en Relatos con etiquetas , , , , el Junio 2, 2009 por nochesprohibidas

Le paso la lengua por los labios del coño y ella dice “ ¡ay Dios, Dios mío” y yo, siento de inmediato en la boca el sabor a salitre de su satisfacción, que mana como de un manantial y resbala por sus muslos hasta las sábanas.
Nos merecemos esto. Ha sido un día duro.
Las luces de los misiles tierra-aire alumbran su rostro. Se llama Ana, un nombre corto para una gran mujer. Tiene un marido, hijos, y un jardín. Conozco a su marido. Es un buen tipo, una vez incluso le estreché la mano. Estoy seguro de que la ama como ella se merece.
Hoy nos han traído más de cuarenta y tres heridos. No contamos los muertos. Ya no.
Una mujer entró corriendo al hospital con el brazo de su hija metido en una bolsa de plástico. Buscaba a la niña entre la gente. Ana la cogió de los hombros y la miró a los ojos, y con los ojos, le dijo que la niña no estaba allí, y si no estaba allí, es que estaba en el mercado, desperdigada por todo el mercado, sobre las peras de agua y el pescado y colgando de los cables de la luz, hecha jirones de piel que resbalaban por el lomo de las sandías, con los ojos, le dijo que el trozo más grande que quedó de su hija, seguramente era ese brazo.
En mitad de la noche, buscamos el uno en el otro algo que nos recuerde que aún somos capaces de sentir algo, que seguimos siendo humanos.
Después de follar siempre hablamos de sus hijos. La mayor quiere ser médico, sin fronteras, como ella. La pequeña quiere ser una cosa que se ha inventado y que consiste en colgarse del cuello de su madre y dar vueltas y vueltas.
Yo no tengo a nadie que quiera ser médico como yo; pero tengo a Ana.
Se la meto hasta el fondo y me muevo y sudo sobre sus tetas y ella, abre más las piernas y me agarra el culo y lo aprieta como si quisiera meterme entero dentro de su vientre, y sudamos, y nos damos besos tan ciertos como que hay estrellas en el cielo, tras el humo de las bombas y la cegadora luz de la metralla. Me muerde y me hace daño y, grito y, ella, se corre y, grita, grita como un animal, grita toda la rabia, toda la impotencia, grita por el mundo y por, todos esos cadáveres, grita y me apuñala con los dientes y, llora, y me pregunta, por qué-por qué-por qué, sin esperar una respuesta que sabe que no tengo, y luego me abraza como nadie me ha abrazado en esta puta vida, y ese olor nauseabundo a muerte que dejan los que se nos fueron de las manos y nos impregna cada centímetro de piel, desaparece, por unos instantes.

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Presentación de Agitadoras.com

Publicado en Agenda, Música, Poesias, Relatos con etiquetas , , , , , , , , el Abril 8, 2009 por nochesprohibidas

Agitadoras.com es una revista virtual de literatura, música y creación alternativa; un artefacto cultural que apuesta por la opinión libre, la falta de prejuicios y el universo outsider, sin descuidar por ello la calidad y el interés de sus propuestas. Las personas que participan en este proyecto son escritores reconocidos, galeristas, editores independientes, sexólogos, locutores de radio, periodistas, musicólogos y enterados de todo pelaje. Relájate y disfruta, que de agitar la maraca, ya nos encargamos nosotros.

aviadoras

“Agitado, no revuelto” es un famoso latiguillo del agente secreto británico de ficción James Bond, creado por Ian Fleming, sobre sus preferencias a la hora de pedir un Martini. La frase hace acto de aparición en la novela “Los diamantes son para siempre” (1956); sin embargo, Bond no la dice realmente hasta “Dr. No” (1958). En celuloide, fue pronunciada por vez primera por Sean Connery en “Goldfinger” en 1964 (aunque el villano Dr. Julius No ofrece esta bebida y articula estas mismas palabras en la primera película, “Dr. No” en 1962). Desde entonces ha sido utilizada en numerosos largometrajes de la serie Bond, con las notables excepciones de “Sólo se vive dos veces”, en la cual la bebida es ofrecida “revuelta, no agitada”, y “Casino Royale” (2006), en la que, cuando se pregunta a Bond si prefiere su martini agitado o revuelto, él responde: “¿acaso no ve que me importa un bledo?”.

NUMERO 01 – ABRIL 2009: 
http://www.agitadoras.com/ 

<– Shake before reading — >

Nunca Publicarían, por Alberto Vazquez-Figueroa

Publicado en Relatos con etiquetas , el Febrero 16, 2009 por nochesprohibidas

-Todos sabíamos que en cuanto la presa se llenara se vendría abajo porque los materiales eran de pésima calidad y contrataban a ineptos siempre que estuvieran dispuestos a trabajar por un salario de hambre.

Observe al hombre de rostro famélico y manos encallecidas que había acudido a sentarse al otro lado de la pequeña hoguera junto a la que estaba intentado entrar en calor, y aunque en aquellos momentos no me apetecía hablar comprendí que  tenía la obligación de escucharle.

Acababa de participar en una de las inmersiones más dramáticas de mi vida descendiendo a treinta metros de profundidad en un agua a tres grados, fangosa, maloliente y sin la menor visibilidad y lo único que había encontrado eran trozos de cadáveres, por lo que encontraba agotado, desolado, asustado y deprimido.

No obstante los ojos y la expresión de aquel hombre me hicieron comprender que cuanto yo pudiera sentir no era nada frente a lo que estaba padeciendo.

-¿Ha perdido algún familiar en la tragedia?- quise saber.

-Cinco. ¿Contara en su periódico lo que siente alguien que no fue capaz de denunciar lo que estaba ocurriendo o no se decidió a llevarse muy lejos a sus hijos evitando que el mundo se les viniera encima?

Aquella era una pregunta de imposible respuesta; yo había acudido a Ribadelago formando parte del equipo de submarinistas que debían recuperar los cadáveres que habían quedado sumergidos a causa de la riada, pero al mismo tiempo era el enviado especial de “El Alcázar”, un periódico del que me constaba que no aceptaría ninguna información que pusiera en entredicho al régimen franquista.

Medio siglo atrás la censura era implacable y aun me faltaban cinco meses para acabar la carrera.

Una palabra equivocada y no me permitirían acabarla. 

Observe largo rato las ruinas de lo que había sido un tranquilo pueblo, me horroricé una vez mas por la magnitud del desastre provocado por la avaricia, la prepotencia y la ineptitud humanas y seguí con la vista a una anciana que vagaba entre los escombros de lo que había sido su hogar durante casi ochenta años buscando algún recuerdo de sus nietos.

-Nunca publicarían lo que escribiera- dije al fin.

-¿Nunca?- repitió con amargura.

Han pasado cincuenta años, ahora lo publicarían, pero lo cierto es que no llegue a saber lo que sentía aquel hombre por no haberse atrevido a decir la verdad.

Miento; si lo sé porque tampoco yo me atreví a decirla.

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Puedes leer más textos del escritor Alberto Vazquez-Figueroa, así como descargar alguna de sus novelas directamente desde su blog:  http://vazquezfigueroa.blog.com/ 

Mal rato, por Jordi M. Novas

Publicado en Relatos con etiquetas , , , , el Octubre 7, 2008 por nochesprohibidas

He vivido luciendo ese comportamiento distante que hace que casi todo cuanto veas en la vida te parezca efectista, falso o interesado. Con esa actitud consigues que mucha de la gente que considera su vida perfectamente organizada te deje de tomar en serio; hasta tal punto que cuando muestras verdadera pasión por algo sólo consigues miradas de condescendencia a tu alrededor. Eres un ser de extremos cobijado en el sarcasmo. Da igual si llevas razón, todo el mundo tomará tus argumentos siempre como una treta para hacerte notar otra vez, para alimentar tu yo frío y obstinadamente misterioso, sin sentimientos que salgan a la superficie ni ganas de mejorar nada. He mandado a tomar por culo a muchos amigos sin hablar. Soy un formalismo andante, predestinado a interpretar siempre el mismo papel por falta de oportunidades para cambiar de obra. Soy la caricatura malsana de mí.

La verdad es que me gustaría tener enemigos visibles. Hecho en falta que alguien me escupa en la cara en lugar de hacer muecas cuando no miro. La crueldad de los niños para con sus compañeros de clase es auténtica. Eso sí que era vivir sin dudar; cuando le gustabas a una chica era de verdad, y cuando alguien se metía contigo lo hacía para dejarte claro que no le caías bien. Pero la misma educación que te enseñó a leer y escribir es la que te hizo cada vez más falso, la que te enseñó a odiar la lectura después de haber aprendido a leer. La que te hace entender que es mucho más práctico rajar a los demás cuando no tienen la oportunidad de defenderse. La lección que mejor aprendes al crecer es la del individualismo. Eso que falta en nuestra formación es lo que hace que hoy en día se reúnan grupos de niños para pegarle una paliza a algún compañero mientras alguien graba con su móvil. Si no te labras un carácter tú solito puedes acabar siendo un individuo que es capaz de querer clasificar hasta sus sentimientos.

El colegio en el que ejerzo no pasa de la enseñanza de E.S.O. No es que sea la jungla, pero si un día encuentras las ruedas de tu coche pinchadas no te llevas la sorpresa de tu vida. Hay días que uno acaba tan quemado que llega a reconciliarse en silencio con secuestradores y pederastas; desearías por un segundo ver sufrir de verdad a esos padres que creen que la educación de su hijo es un trabajo a tiempo parcial.
Cuando a las niñas les comienzan a nacer curvas y comienzas a vislumbrar esa especie de responsabilidad femenina que las caracteriza, la comparativa con los chicos es sangrante; verlas en clase con ellos es como haberlas metido en la jaula de los monos.

En octavo curso hay una chica llamada Mónica. No le podría negar nada. Tiene esa mirada perdida de quien el ochenta por ciento de la clase no atiende, porque ya hace rato que pilló el concepto. Es callada y ni los chicos más estúpidos se atreven a dirigirle demasiado la palabra. Ya en su adolescencia tiene la virtud de salir airosa de cualquier disputa; casi la puedes imaginar defendiéndose a sí misma en un tribunal, o señalando sin miedo a su violador detrás del cristal que te separa de los sospechosos. Es un reto del profesorado y los compañeros el poder sorprenderla. Se sienta en una esquina de la clase y lleva ese pelo negro recortado por los hombros cuyo flequillo apenas te deja ver sus ojos. Tiene una de esas caras de piel blanca y labios rosados por los que milagrosamente aún no ha pasado ningún tipo de maquillaje. Y en su currículum ya hay el despido de dos profesores que intentaron embaucarla a una edad en la que sólo podían invitarla a un batido y llevarla a casa antes de las ocho. Piensa en Lolita y ni siquiera te harás una idea.
Su magnetismo es tal que a veces estás seguro de que cualquier objeto que pudieras lanzarle se detendría a cinco centímetros de su cintura y comenzaría a orbitar a su alrededor. No pienses en términos de sexo, edad o romanticismo. Pero tampoco creas que podrás apartar la vista de ella. Hace un año una profesora cayó en una depresión de la que aún se recupera, porque Mónica no quiso comenzar a labrase una carrera musical.
Cada vez que se celebra alguna festividad tienen que convencerla para que cante una canción en el teatro del colegio. Dicha profesora se obsesionó con su talento, comenzó a darle clases particulares y dicen que hasta la habían visto algunas veces salir llorando del aula una hora después de haber estado con su alumna. La niña bonita, la criatura celestial alrededor de la cual gira el microcosmos anodino de la educación secundaria.

Una amiga mía siempre dice que hay pocas personas así, y que normalmente impresionan por ser tan solo tal como son. Son personas que no suelen sonreír y parecen estar por encima de cualquier formalismo a nivel de educación o tradiciones. Lo que impacta más es que no ves dónde está el problema en que ella actúe así. No esperas que te dé las gracias o los buenos días, pero te da igual. Más que una persona, es tu ideología política, tu derecho a ser feliz. Nadie puede tocarla. El sentimiento que provoca la convierte en el estandarte de lo intrínsecamente bello sin un porqué concreto.
Hay quien sabe cerrarse en sí mismo hasta provocar un enamoramiento masivo. Mónica sabía el efecto que causaba en los demás. Al verla moverse y reaccionar uno se plantea si ella simplemente no será lo que deberíamos ser todos. Economizando palabras, acciones. Puede que sólo destaque por su facilidad para acertar, para no inmiscuirse en nada o nadie más allá de lo necesario, y así vivir en paz con todos para poder vivir en paz consigo misma. Y quizá por eso a ella no le hace falta llenar su vocabulario de saludos protocolarios y frases hechas, ya que su propia naturalidad te hace sentir cómodo sin la necesidad de esa educación preestablecida. Nadie necesita oír un “buenos días” seco y rutinario, necesitamos sentir que no estamos atrapados en esa maquinaria que nos hace actuar siempre de la misma forma. No necesitas oír “te quiero”, necesitas que te quieran.

Después de haber estado un año corrigiendo sus exámenes y escrutando sus movimientos tal y como hace todo el mundo, Mónica, por primera vez, va a intercambiar conmigo más de dos palabras. Es más, Mónica espera a que la clase se vacíe por la tarde para que podamos hablar tranquilos. Esto es así, y suena ridículo, desconcertante y hasta escabroso, pero nunca he estado más nervioso. Mientras todos los alumnos salen maldiciéndome en susurros y soltando pestes entre risas como viernes que es, Mónica espera sentada en su pupitre al final de la clase. No parece inquieta o cohibida. No parece humana, y quizá sea eso lo que la hace mejor, superior.
Recuerdo que el colegio para mí era un suplicio, un esfuerzo agotador y una obligación de la que no entendía del todo el beneficio a largo plazo; no era para mí nada más importante que hacer la comunión o celebrar los cumpleaños; tan solo era otra rutina que me obligaban a seguir, era lo que todos los niños hacían, y la verdad es que hasta cierta edad las personas no somos más que ovejas, bajamos la cabeza cuando alguien se enfada y procuramos no separarnos del rebaño. Realmente la relación Profesor-Alumno no es tan distinta a la de Empresario-Trabajador, al final siempre se trata de cumplir ordenes; casi llegas a entender a esa gente que se pone a estudiar empresariales con el objetivo a corto plazo de ganar cinco mil euros al mes. Puedes acabar deseando según qué vida gris, una vida con la que poder ir por tus raíles sin excesivas complicaciones o ensimismamientos filosóficos. Pero yo no soy así, y ahora gano más bien poco y paradójicamente soy profesor de escuela y una cría de dieciséis años me pone nervioso. Imagino un amplio despacho y nóminas plagadas de datos obscenos, imagino mi contribución a la estabilidad pro-occidental del tercer mundo. La caricatura sana de mí en un mundo podrido. Y aun siendo profesor y teniendo la penúltima palabra de lo que se decide en mi clase, Mónica me reduce a nada. Ella es un inmenso meteorito cruzando el espacio y yo soy el planeta indefenso en su trayectoria, plagado de una especie que merece desaparecer.
Yo represento a la raza humana y ella probablemente tan solo a sí misma. Me gustaría pensar que exagero, que poetizo. Pero mientras ella se levanta de su pupitre y camina sosegada hacia mi mesa, parece que la ropa, su peinado y sus manos de cinco dedos solo sean un disfraz. Me gustaría pensar que es ella quien aprende de mí en esta clase. Arrastra un pupitre hasta ponerlo justo en frente de la mesa del profesor y se sienta en él. Y si no es Mónica la que decide romper el hielo creo que vomitaré. Esto no suena profesional, pero normalmente lo que sentimos no suele estar sujeto a etiquetas. Hay quien se casa por mucho menos de lo que yo siento ahora. Y cuando ya he reunido el suficiente valor para mirarla a los ojos, ella pronuncia mi nombre, dejando un espacio de tiempo para mi reacción:
- Dime, de qué quieres hablar.
De su futuro, dice.
- ¿No sabes qué es lo que quieres estudiar?
Sí que lo sabe -claro que lo sabe, joder-, pero quiere esclarecer otra cuestión, dice, no puede hablar con sus padres de esto, tampoco con su tutor, y mucho menos con un compañero de clase.
- Ajá… – comienzo a flotar. Sólo una vez me dijeron “te quiero”. Me sentí avergonzado, inquieto por no poder contestar lo mismo si no era mintiendo. Ahora me siento mucho más halagado que en aquella ocasión. Mónica dice que sabe lo que quiere estudiar, pero no sabe si va a poder vivir de forma que no sienta que sigue los mismos pasos que todo el mundo. Es su modo de hablar mi idioma, un eufemismo elaborado para preguntar qué sentido tiene la vida.
- No sé si te entiendo – digo, aterrorizado, perfectamente consciente de que ella busca una frase inspiradora. Se ha desnudado y ha sido para mí, y no me veo capaz de ponerme a ese nivel. Yo nunca me he planteado qué sentido tiene la vida, porque nunca le he visto ningún sentido potencial. Podría recurrir a una cursilería y decirle que son cosas como ella las que dan sentido a la vida de la gente, podría decirle eso si no me importara que me considerara un salido o un psicópata a partir de ahora. O podría ganar tiempo, que es lo que decido hacer.
- Es que… – dice ella – creo que me parezco un poco a ti… y no sé si preguntando a un igual es más fácil…
Y se queda ahí. No, pienso, no me parezco a ti, no levanto ampollas a mi paso, no te equivoques, yo soy el planeta indefenso. Pero ese comentario a medias me da la oportunidad de hacer tiempo mientras pienso qué sentido tiene la vida.
- ¿Por qué crees que me parezco a ti?
Creo notar un ligero rubor en su expresión que dura algo así como una centésima de segundo, con un poder destructivo. Ella, solo existiendo, puede hacer que para los demás el día a día no sea tan gris, ¿pero quién va a hacer eso por ella? ¿Quién hace reír a los payasos? Mónica no sabe qué contestar, pero al final decide explicarse;
- No te relacionas mucho con los otros profesores, eres el único que no parece un profesor… sólo sabes ser tú mismo.
- Ya… pero eso aún se te da mejor a ti… – . Lanzo ese amago de piropo y ella se limita a sacudir el flequillo, y otra vez el silencio. Estoy entre la espada y la pared, contra las cuerdas, jodido, enterrado en frases hechas hasta que se encienda alguna bombilla en mi cabeza, tiene que haber algo útil que decir. O resultaré ser una gran decepción. Con ella no valen la pseudofilosofía del carpe diem o los consejos sobre la importancia de los pequeños detalles, o hacerle entender que es muy joven y que tiene toda la vida por delante, porque además es justo eso lo que le preocupa. A una persona a todas luces inteligente y despierta no puedes darle un abrazo y decirle que todo va a ir bien. Ella espera algo más que la típica reprimenda humana sobre la suerte que tiene de estar viva.
- ¿Por qué te hiciste profesor?
No tengo ni idea, me digo.
- No parece que sea tu vocación.
No lo es.
- Sé que quiero seguir siendo como soy, pero me gustaría poder hacer algo bueno en el futuro, bueno para los demás…
- ¿Para la gente pobre…?
- Para los demás… para todos.
Quiere ser la Virgen María, una que exista de verdad, a la que puedas dar la mano; tiene su lógica, si alguien normal se iría a una O.N.G. o de misiones, ella lo que quiere ser es un símbolo, algo que una a la gente y revolucione la vida. Le diría que lo olvidara, que se buscara un buen novio y se limitara a seguir deslumbrando a compañeros de clase y de trabajo en el futuro. Le diría que no puede hacer nada, que ya estamos todos pillados, demasiado ocupados manteniéndonos a nosotros mismos como para ser altruistas. Le diría que, por más que le pese, ella sola no puede hacer nada. Pero si le quito la poca inocencia que le queda, podría cambiar.
- ¿Has pensado en meterte en política en el futuro? Estudiar algo de eso…
- No, no quiero ser así.
No, eso no encajaba.
- ¿Te puedo contar una cosa? Quiero pedirte permiso para algo…
Sí, por favor, lo que quieras, lo que sea.
- Sí, claro – acabo señalando, con la voz más disonante y estúpida que nunca me ha salido.
- Quiero escribir un relato para Literatura, en primera persona. Quiero saber si puedo darle credibilidad haciéndome pasar por hombre, por un profesor como tú.
- ¿Como yo?
- Sí, serás mi modelo. En el relato hablarás sobre ti, sobre cómo te sientes respecto a los demás, sobre cómo finge la gente para esconder lo que piensa de ti. Y también montarás todo un discurso para no reconocer que estás enamorado de una de tus alumnas; la describirás de forma que parezca una divinidad, y te excusarás alegando que todos admiran su genio, su actitud. Lo titularé: “Mal rato”.
- ¿Sí…?
- Sí, y será fenomenal acabar describiendo cómo no has sabido corresponderle a tu chica con un mensaje positivo sobre la vida.
- Y… en fin… ¿cómo lo describirás?
- Con un diálogo, me basaré en esta conversación. Es un experimento… ¿Me dejarás?

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Carta de una mendiga, manchada de fango

Publicado en Relatos con etiquetas el Septiembre 10, 2008 por saboteando

Tu despedida me supo… a besos con uve.
A letras… que quisieron ser palabras.
A desdicha escrita con prisa.
Me parece estar saboreando en este mismo instante, aquel amargor final que dejó la hiel del adiós en mi paladar.

Hasta el escenario para tu representación final, pareció ser pulcramente elegido para tu cometido.
De madrugada, en aquella lúgubre calle. Bajo una siniestra luz intermitente que proporcionaba aquella farola, apunto de apagarse.
¡Te deshiciste de mí! Como quien escupe un chicle al suelo.
Sin escrúpulos, a bocajarro.
Me estrujaste cual lata de cerveza vacía. Me pateaste sin consideración.
Me incorporé, retorcí mi orgullo hasta asfixiarlo.

Como el trocador de barro a oro que siempre creíste ser, con gesto altivo, te diste la vuelta. Te marchaste.
El sonido de tus pasos mientras te alejabas, estallaba en mis oídos cual fúnebre sintonía de violines, despuntando mi piel.

Cuando ya parecía que vetabas para siempre a estos ojos de tu imagen, como por descuido o tal vez porque te gritaba, te suplicaba que volvieras. Y el orgullo yacía inerte a mi lado. Te giraste en la distancia y hasta me despediste con la mano, cual dueño que deja a su perro abandonado en mitad de un camino, sabiendo que no va, (que no ibas) a volver.

Desde entonces, decapito recuerdos cual soldados que fueron amigos, en esta larga batalla del olvido. Cada vez llegan más pesares exiliados. Ya son tantos, que hasta organizan emboscadas y me desvalijan delos pocos retales que consigo. En los que intento tejer nuevas ilusiones.

Planto semillas en tierra estéril y riego sin agua, jardines de flores e ilusión que no existen. Mientras te espero. Solo el aire me alimenta, mientras lo rastreo en busca de tu esencia. Ya solo un gran surco y unas fangosas aguas estancadas, recuerdan aquel océano tan lleno de vida que un lejano día fue.
El cielo esta en blanco y negro.
Un día más regreso manchada de fango.
Y me acurruco cual mendiga en el suelo, en esta lúgubre calle donde te perdí, hace hoy unas mil lunas.

La dama numero 13

Imperfecciones, por Jordi M. Novas

Publicado en Relatos con etiquetas , , el Mayo 16, 2008 por nochesprohibidas

Quizá os acompañe a todos a buscar el nirvana, que no llegará solito, no lo traerá Buda, no lo escampará entre los mortales. Lo que hace mi padre es diferente. Lo que él hace es encerrarse en el lavabo de madrugada. Cree que nadie lo sabe, que todos dormimos y que el insomnio no existe. Él cree que no sé que hay una revista porno escondida detrás de la lavadora. Sólo una, desde debe hacer tres años. Y la abres y ves a dos chicas posando sin tocarse, sacando la lengua y mirándose sin llegar nunca ni a rozarse. Dos ninfas desnudas y lubricadas de forma artificial, que son lesbianas sólo mientras las fotografían. Dos muchachas que ni sumando sus años llegan a la edad de mi madre. Y mi madre, bueno, seguramente ya lo sepa, pero a ciertas edades ya no da tiempo a comenzar de nuevo. La pereza lo puede todo.
Por suerte salí de aquella casa. Y sólo es un ejemplo, un suceso concreto en la antesala de la tercera edad. Ahora la gente no se soporta, se separan y se odian en menos de lo que canta un gallo. Del amor al odio no hay un paso, están juntos. La intensidad lo reúne todo, basta una sospecha para comenzar a desconfiar, y ya has dejado de estar enamorado. Somos sacos de moléculas desconfiadas y alerta; no es tanto una cuestión de amor como de posesión.
Tu coche.
Tu pareja.
Pero alguna gente, como mi madre, prefiere hacer caso omiso. La negación pierde terreno, pero aún gobierna en grado sumo. No parecemos querer aceptarnos como humanos, tenemos que ser perfectos, y desde la perfección sólo queda imperfección; sólo te queda buscar el nirvana, asentarte en medio de tu luz blanca, la que crees que a todos ilumina. Desde la perfección sólo se puede empeorar. Por eso el amor al estilo Cupido no existe, sólo es la idea adulterada que tienes de alguien imperfecto, que más tarde te decepcionará. No hay princesas ni príncipes. No puedes poseer a nadie, y hasta tu coche acabará en el desguace.

La historia de mis padres sólo es una entre tantas. Larga y aburrida. Lo suficiente como para creer que el hueco que hay entre la pared de la galería y la lavadora que mi madre utiliza todos los días, es un buen escondite. Si hablas con mi tía, te soltará pestes sobre la juventud de mi padre. Si hablas con mi madre, te dirá cómo puedes dejar el parqué reluciente sólo con limón. Negación. Lo que se dice sobre los tíos es que, todo lo que hacemos, sólo forma parte del camino hasta volver a sentir cómo se contrae la vagina de alguien alrededor de nuestra polla. No es que las mujeres sean siempre inteligentes, a veces simplemente tienen razón. Mi hermana se echó novio con veinte años, y se independizó y se casó. Mi hermana odiaba a mi padre. Las malas lenguas dicen que mi hermana, para mi padre, era como una de esas chicas de las revistas. En todo caso yo nunca lo noté. Si alguna vez la tocó, yo debía ser aún muy pequeño para saber si ella había estado llorando algún día sin motivo aparente, y no me gusta la idea, así que prefiero ignorarlo.
Sí.
Negación.
La vida es más fácil si te limitas a mirar de reojo; así, si te ha parecido ver algo malo, siempre puedes pensar que debieron ser imaginaciones tuyas.
Pienso en cómo les ha ido a mis padres, en cómo les va, en cómo podría ser que mi padre fuera un hijo de puta putero o hasta pederasta, y no me puedo quejar. Casi podría decir que soy feliz. Se llama Laura.
Aún me quiere. Aún no me odia. Y siempre pienso que me dejará en cuanto se dé cuenta de que se ha equivocado. En parte, es un problema de autoestima, pero hasta ahora así no me ha ido mal. La vida de reojo, algún tipo de nihilismo light como filosofía, y mucho sentido del humor, que se muera de risa contigo. Y hasta ahora me ha ido bien. Sólo espero no llegar a viejo pendiente de que mi mujer se duerma para poder masturbarme tranquilo. No es mucho pedir, y, en todo caso, jamás le metería mano a mi hija. Puedes no creer en nada, en cierto modo, pero eso no quiere decir que no creas en las personas.

Todas las mañanas despierto y ella está a mi lado. Y muchas de esas mañanas tengo que ponerme a fregar el suelo. Me sé un montón de remedios caseros para limpiar tejidos, moquetas, sabanas y cualquiera de las cosas que haya en tu dormitorio. Pasa si tu chica no necesita a un gran amante para pasarlo bien. Apenas empiezas a hacer el amor, ella se contrae, se queda rígida, su cuello se hincha y un chorro de sus fluidos vaginales puede sacarte un ojo. En esencia todo es agua y glucosa, pero si no haces de escudo, toda la habitación se va a poner perdida. La primera vez, un chorro empapó la primera televisión de mi piso, y al día siguiente no funcionaba. Esos orgasmos avergonzaron a la muchacha durante toda su vida, en el instituto, en la universidad. Y no es que sea para morirse, pero lo es teniendo en cuenta cómo somos y lo aburridos que podemos llegar a estar los demás. Durante una época ella tuvo que decidir si era más humillante que la criticaran o que se rieran de ella, pero cualquiera de las dos cosas la hacía sufrir. Deben ser ese tipo de situaciones las que hacen que las personas se recluyan, se den a Dios o se rapen la cabeza para ir en busca del nirvana. Escribí una historia relatando mi primera noche Aspersor, y el relato destacó en una clase de literatura. Mi único secreto confesable. Se llama “Laura”. El inconfesable tiene otro nombre, lee el resto de mis cosas, es la única que las lee, y endurezco sólo de pensar en sus ojos enormes, oscuros y brillantes, recorriendo las líneas de mis mails, dudando de hasta qué punto es cierto lo que escribo. El próximo adulterio que se fragua. Ficción dentro de la ficción; la vida embasada dentro de las mentiras. Porque las mujeres a veces tienen razón, y el final del camino importa mucho más que el camino. No seguiré los pasos de mi padre. No me raparé la cabeza ni os acompañaré en busca del nirvana. La imperfección embellece tus rasgos, la mentira endulza la verdad, e incluso a pesar del photoshop, todas esas revistas abandonadas no pueden abrirse sin rasgarlas.

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Madrid tampoco, por José Oscar Blázquez Andrés

Publicado en Relatos el Octubre 17, 2007 por nochesprohibidas

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Fotografía por []bichito[]

La línea de la carretera se iba dibujando a mi paso, el corazón me latía fuerte y lágrimas de sudor encharcaban mi espalda. Me paré echando parte del alma por los pulmones, casi en cuclillas, las manos apenas podían contener el temblor de mis piernas.

Volví a mirar al horizonte con desdén y tomé aire para sumergirme en la noche.

Aquella noche volví a soñar que corría hacia ninguna parte buscando a Andrea

Los días en el ministerio se puede decir que eran bastante cómodos, salvo por los viajes ocasionales que rompían mi rutina. El viejo profesor de la autoescuela siempre me decía que el hombre era un animal de costumbres e insistía en que no sacara el codo por la ventanilla, que esas cosas se graban y luego no te puedes deshacer de ellas. Yo por entonces tenía dieciocho recién cumplidos y el cuerpo pidiendo guerra y miraba a aquel hombre con comprensión pero con cierta pena.

Ahora no tengo muchos más, pero estos cinco años me han ajado mucho. Desde que saqué la oposición he engordado diez kilos, tengo el culo como el tambor de Carlinhos Brown y cuando me agacho me salen agujetas. Qué te puedo decir. El segundo día se te van las ganas, es como ir despacio en los pasillos del metro en hora punta.

Todos los días desayuno a las ocho y media en el mismo bar. Café con leche. A las nueve leo unos informes y las once bajo a la cafetería. Leo algún informe más. A las dos me voy a comer y las tres salgo del trabajo. Perdona que me ría, pero es que al decir esa palabra estornudo con los pies.

De cuando en cuando tenía que abandonar mi despacho para irme a otra ciudad a leer otros informes, a crearme otra rutina con diferente camarero y paisaje. Madrid es una ciudad que en invierno se envuelve en humo.

Andrea vivía en el cincuenta y dos de la calle Augusto Figueroa y formó parte del viaje al segundo día, cuando me bajé del metro y su perro casi me mea en las pantorrillas.

A veces tenía la sensación de que Andrea me miraba a mí y le ofrecía la más estúpida de mis mejores sonrisas hasta darme cuenta que en realidad miraba al horizonte, posiblemente más hacia dentro que hacia fuera. Pero yo creía que me miraba a mí y qué quieres, me hacía ilusión.

Nos conocimos gracias a su perro así que todas las mañanas cogía el metro a las siete y media y a las ocho entrecortaba un hola al salir de la estación. Habíamos logrado un saludo furtivo que me alegraba el día. Andrea bajaba a Sandokán todos los días a la misma hora, daba igual el tiempo que hiciera y he de reconocer que el día que falto la eché un poco de menos. Una excusa tonta me llevó a iniciar una conversación y acabamos a las dos de la tarde. Me miraba en los ojos de Andrea y me parecía que volvía a tener dieciocho años.

- Antonio para el carro, que te estás empezando a acelerar

Luego entraba en la oficina y volvía a ser el mismo lector de siempre.

Las caras eran conocidas pero habían salido de diferentes álbumes de cromos. Yo preguntaba dónde estaba Andrea a antiguos compañeros de colegio, viejos profesores, funcionarios de aquí y de allí, primas abuelas y sólo obtenía miradas de desprecio e ignorancia. Me sentía incómodo, huraño.

Andrea se había metido en mis sueños por la puerta de atrás.

Aquella semana adelgacé dos kilos.

Andrea aparecía y desaparecía de mis sueños con la misma regularidad con la que a mi me sacaban de Madrid y me devolvían a mis vistas a la catedral.

Un día quise hablar con ella y entonces empezó a no dejarse encontrar en mis sueños.

Después de que aquella panda de judas me negara el camino me encontré bailando a Andrea. Era de noche y se fueron apagando las farolas. No recuerdo si fui yo quien besó a Andrea o al revés.

Las ganas de volver a Madrid mosquearon a mis superiores. En realidad no sé si buscaba a la Andrea real o a la que yo había inventado en mis sueños pero aquella sensación me quitaba el traje gris y la cara de empanao.

- A mí también me pasa, sueñas con alguien y al día siguiente le ves de otra manera.

- Sí –afirmé sin demasiada rotundidad pensando que cada vez que soñaba con ella me levantaba con cosquillas en los pies.

- A veces tengo la sensación de conocernos demasiado, como si hubiéramos coincidido antes.

Andrea no paraba de contarme que quería irse y yo sólo quería volver. El día que la encontré con la maleta me armé de valor y le dije que yo también soñaba con ella y entonces se paró, se fueron apagando las luces y me besó.

Lo mismo la besé yo a ella y fue Andrea la que apagó el despertador.

Madrid es un correcalles en invierno, un anuncio de colonias.

Andrea dejó de soñar conmigo o lo mismo dejé de soñar con ella, porque el caso es que ni yo hablaba con Andrea en la vida real, ni me miraba, porque seguramente miraba perdida al horizonte, posiblemente más hacia dentro que hacia fuera, mientras su perro hacía sus cacas y yo regresaba a mi infierno.

Tampoco sé si vive en el cincuenta y dos de la calle Augusto Figueroa, ni siquiera sé si llama Andrea.

Pero a veces releo informes reflejándome en la ventana, la ciudad se encierra tras este rectángulo de acero enseñándome la misma postal. Paseo, busco, tomo café en la misma cafetería y me miro en el espejo pensando que las cosas podrían ir peor. O podrían ir mejor o al menos podrían romper la cara más dulce de la cotidianidad. Leo, dibujo, miro escaparates, recorro el mismo camino sin rechistar.

A veces una lágrima resbala lenta por mi piel, calentando las mejillas por las palabras que nunca llegué a cruzar con Andrea.

Mis sueños, la verdad, no volvieron a ser lo mismo sin ella.

Madrid tampoco.

Océano granate, por Lliure

Publicado en Relatos el Octubre 1, 2007 por nochesprohibidas

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Llovía oscuro en la ciudad de plata casi siempre salían a nadar desnudos sobre el asfalto pero esta noche era distinta un humo gris invadía sus paladares, recorrieron los callejones de la Plaza Stealmann sin ninguna idea fija tan sólo encontrar el mar donde lo habían dejado, intacto y azul, tan sumiso y profundo como ellos.

Addam parecía extraviado tan sólo podía recordar aquellas figuras incorpóreas acariciando su cuerpo, se balanceaba sobre sus rodillas y preguntaba respuestas, nadie más podía atreverse a despedazar de ese modo la oscuridad. A unos metros de distancia, Cloe esperaba paciente la fugacidad, llevaba todo el día viendo pasar los tranvías como había visto pasar su vida, veloz y de rodillas, tres números vigilaban su cabeza:21 15 52, 21 15 52, 21 15 52…apenas podía recordar su significado pero parecían adornar su cerebro como la música. De pronto lo vio claro 21 puñetazos, 15 patadas y 52 palizas, lo más impactante tras los años era comprobar la perfección de los números, se encadenaban el uno al otro como los golpes, como notas en una ópera, a veces había jugado con el dolor… cada impacto una nota así se sentía flotar como en una sinfonía de Beethoven cada movimiento encadenado con el anterior en su propia cárcel triangular, pasadas las horas al enfrentarse con el espejo solía ver su cuerpo como partitura emborronada por el inspirado músico, cada moratón un silencio de corchea, cada herida un fa, cada arañazo una fusa.

Cloe siempre esperaba, conocía su estructura metálica reparando un reloj, nadie podía convencerla de no merecer un suspiro pero hacía tantos años que sus pies rozaban el asfalto que había olvidado ponerse las sandalias para salir al puerto. De vez en cuando sentía una respiración sobre su nuca, unos ojos silenciosamente conocidos desentrañaban su anatomía en mitad de la noche, siempre tras sus pasos el benefactor. Addam solía guardar las distancias a intervalos de piel, le gustaba caminar a su lado y observarla desde lejos, un alma muerta para sonreír era más de lo que suponía merecerse, aunque aún añoraba su cajón rebosante de recetas inconfesables, había descubierto en Cloe una sustancia más adictiva, dolor a borbotones manando desde sus cicatrices hasta su entrepierna. Inexplicablemente sus rutinas se habían esfumado de golpe, había clausurado partes de su antiguo cuerpo a base de cerrojo y clavos, pero aún sentía la necesidad de acariciar al diablo, tanto como ella necesitaba revivir sus sonidos.

- ¿Lo sientes? Esta noche me pide un hasta siempre… Lo supe en cuanto atravesamos el umbral con tu mano en el bolsillo.

- Siempre con demasiadas certezas, mañana caerá el sol y volverás a darte cuenta que no hay noche mágica, sólo hay un deseo flotando en un tiempo cobarde. Sólo eres tú añorando pasado al lado de un yo que no desea más futuro.

- Míralo como quieras, púdrete en los campos caústicos si te complace, esta noche vas a matar y a morir, lo leo entre tus líneas. Después de todo llevamos 21 ocasos acudiendo al encuentro del profundo oleaje sin más disfraz que el aprendido…

- Está bien dame 15 minutos de silencio, más tarde caminaré 52 pasos hasta el borde del malecón, si en ese instante preciso escucho un ruido sordo golpeando mi cabeza saltaré si mirar atrás…

- Ni siquiera en este momento vas a contarme el porqué de encadenar tu vida a una secuencia numérica…todo podría haber sido distinto…

- Al menos tengo un plan para sacarnos de este infierno, y un plan nos da a los cobardes una rutina donde ser aguerridos. ¿Vas a guardar silencio?

- Hasta siempre…

Tras la eternidad de sus pensamientos, Cloe se levantó y comenzó a andar a grandes y lentos pasos, justo cuando sus dedos de los pies acariciaban el precipicio sonó el eco del disparo liberando su cerebro, cogió impulso y saltó. En la caída tuvo tiempo de cumplir su último deseo, contemplar la dulzura del cálido granate invadiendo el océano.

Ella, por Lliure

Publicado en Relatos el Septiembre 20, 2007 por nochesprohibidas

Una pregunta recorre su mirada de otoño en otoño, una pregunta que quizá no tenga respuesta, pero ella ya lo sabe, simplemente ha dejado de asustarla, le preocupan más la noche vacía y el espacio. Recuerda como te conoció en un infierno rodeado de espejismos humanos donde nada es real y todo es tangible, recuerda la locura de encontrarte en ese verde grisáceo a mediodía. A veces torna la mirada cuando habla de ti, parece ocultar un misterio profundo que rodea su cuerpo como una prisión de aire, luego se desvanece el brillo en sus ojos y continúa lanzando su mirada hacia un futuro hostil.

Ella viaja desde sus pies a esa cama de animal donde te vio borracho de placer, donde las distancias se acortaron tanto, que dolió continuar el camino bosque adentro, sólo con tocarla puedo sentir su hiel rodeando cada instante en fuga, ella me acaricia con el gesto de su boca y tiembla, por primera vez no sabe escapar. Sus dedos están intentando sujetar una taza de café vacía de dulzura, ella bebe hasta sentir el amargor desde sus venas, le gusta decirme que pasará, que los deseos son fugaces como las estrellas, pero yo la conozco, ella se quiebra en silencio como los huracanes. Se enciende un cigarro y cuando se apaga se esconde tras el humo del siguiente, así disfraza su amor por ti. Le gusta ese disfraz porque le ha salvado el alma, la resguardó de las expulsiones y el llanto, ella se protege detrás de la soledad y cuando me abraza puedo sentir el fuego de mil ciudades aún no exploradas, y es que su tristeza nace de la estrategia intangible, de lo virginal de sus afectos.

Hoy sin embargo la veo distinta, ella suele reír detrás de cada esputo de dolor, sus carcajadas suelen barrer la agonía de sus palabras, pero esta noche no, lo sé, quiere romperse en añicos para penetrar las nieves ajenas, le gusta el precipicio como las nubes, regresa a tú balcón y ve caída y luna, sigo esperando que termine su última frase pero ella inmóvil se ha perdido en sus infiernos, entonces me acerco a su cuerpo frío y tenso, ella se estremece y comienza la huída, por primera vez me habla sin un recuerdo en su mirada y sonríe porque sabe que le guardo un secreto. Ella se inclina hacia a mí y me deshace pensando en tu piel, ella imagina desiertos donde te busca y me haya, ella, sólo ella, puede hacerme vibrar mientas añora otros mundos y me niega el encuentro, sin piedad hace jirones la magia de nuestros instantes, aún así seguiré masticando mi sorpresa, cuando me vaya y respire, viviré donde otros volaron y ella volará donde yo viva.