-Todos sabíamos que en cuanto la presa se llenara se vendría abajo porque los materiales eran de pésima calidad y contrataban a ineptos siempre que estuvieran dispuestos a trabajar por un salario de hambre.

Observe al hombre de rostro famélico y manos encallecidas que había acudido a sentarse al otro lado de la pequeña hoguera junto a la que estaba intentado entrar en calor, y aunque en aquellos momentos no me apetecía hablar comprendí que  tenía la obligación de escucharle.

Acababa de participar en una de las inmersiones más dramáticas de mi vida descendiendo a treinta metros de profundidad en un agua a tres grados, fangosa, maloliente y sin la menor visibilidad y lo único que había encontrado eran trozos de cadáveres, por lo que encontraba agotado, desolado, asustado y deprimido.

No obstante los ojos y la expresión de aquel hombre me hicieron comprender que cuanto yo pudiera sentir no era nada frente a lo que estaba padeciendo.

-¿Ha perdido algún familiar en la tragedia?- quise saber.

-Cinco. ¿Contara en su periódico lo que siente alguien que no fue capaz de denunciar lo que estaba ocurriendo o no se decidió a llevarse muy lejos a sus hijos evitando que el mundo se les viniera encima?

Aquella era una pregunta de imposible respuesta; yo había acudido a Ribadelago formando parte del equipo de submarinistas que debían recuperar los cadáveres que habían quedado sumergidos a causa de la riada, pero al mismo tiempo era el enviado especial de “El Alcázar”, un periódico del que me constaba que no aceptaría ninguna información que pusiera en entredicho al régimen franquista.

Medio siglo atrás la censura era implacable y aun me faltaban cinco meses para acabar la carrera.

Una palabra equivocada y no me permitirían acabarla. 

Observe largo rato las ruinas de lo que había sido un tranquilo pueblo, me horroricé una vez mas por la magnitud del desastre provocado por la avaricia, la prepotencia y la ineptitud humanas y seguí con la vista a una anciana que vagaba entre los escombros de lo que había sido su hogar durante casi ochenta años buscando algún recuerdo de sus nietos.

-Nunca publicarían lo que escribiera- dije al fin.

-¿Nunca?- repitió con amargura.

Han pasado cincuenta años, ahora lo publicarían, pero lo cierto es que no llegue a saber lo que sentía aquel hombre por no haberse atrevido a decir la verdad.

Miento; si lo sé porque tampoco yo me atreví a decirla.

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