La noche sabe a algodón.
Eso, al menos, es lo que mis hermanos decían cuando yo les preguntaba porqué masticaban cuando dormían.
- La noche sabe a algodón -aseguraban- a algodón dulce.
Mis mejores recuerdos están formados precisamente de eso, de noches en vela intentando capturar, incansable, el azucarado aroma de los finos hilos que rodeaban un débil palo de madera, tratando, día tras día, de paladear los sueños con forma de nube rosa y, aunque parezca ridículo, al menos ahora me lo parece, había noches en que creía percibirlo, había momentos en los que, ausente, llegaban hasta mí todos esos olores y sabores tan reales que casi podía tocarlos. Entonces masticaba con más fuerza, sonriendo, creyéndome héroe de un inexistente cómic. Miraba a mis hermanos por encima del hombro y sólo entonces y a pesar de la edad (todos eran mayores que yo) pensaba que, de algún modo era superior a ellos, no sé, como si alguien me hubiera tocado con su varita mágica, como si se me hubiese otorgado un poder, un don, hasta ahora negado.
Ese recuerdo aún hace que asome una tímida mueca parecida a una sonrisa de vez en cuando…ese y las constantes miradas por la ventana de mi estrecha habitación.
Pasaba horas y horas tumbado en la cama con Benito, mi gato, que, ronroneando se acurrucaba entre mis piernas hasta encontrar su lugar, mirando a la ventana, observando las estrellas, lo amplio del Universo y todo eso, pensando cuánta gente, cuántos chicos como yo estarían en ese momento sintiendo la brisa que acaricia la noche, pensando en su futuro, pensando, tal vez, en huir.
¡La cantidad de veces que habré cogido mi maletín donde guardaba el bocadillo y lo llenaba con unos cromos y unas canicas y, mientras despertaba al pobre Benito (que estaría soñando en algún tejado con la única compañía de la luna, una lata de sardinas y
una gata siamesa) y me lo llevaba a recorrer, a conocer mundo!
¡La cantidad de veces que habré asustado a mi madre al abrir la puerta y verme allí, en los primeros escalones encogido y muerto de frío!
Eran buenos tiempos.
Y aún hoy, por las noches, abro y cierro la boca como un loco intentando recuperar inútilmente, aquel sabor tan especial.
Y aún hoy, a pesar del cansancio propio del trabajo y evitando que el sueño me gane de nuevo el pulso, me quedo despierto mirando las estrellas, creyendo que habrá niños, hoy ya mayores, que comparten la misma visión de un cielo repleto de estrellas.
Y aún hoy me sorprendo, mejor dicho me sorprende mi mujer, cuando lleno mi maletín con la calculadora, el ordenador y la corbata (juegos de mayores) y trato de huir sin saber dónde.
Y a veces, pocas veces, me he despertado en el garaje a las cuatro de la mañana somnoliento y muerto de frío sin saber cómo había llegado hasta allí.
Y aún hoy, cuando mi hijo se acerca hasta mi cama y en un idioma que está empezando a aprender me pregunta porqué mastico en sueños no puedo evitar la nostalgia, el recuerdo, y una frase sale de mi boca más como reflejo, como sonido automático, como
voz dicha algún día por otros, que por propia conciencia:
La noche sabe a algodón -le contesto- a algodón dulce.
Y él, confuso, sonríe, me mira de reojo y niega con la cabeza como si estuviera loco, agarra con fuerza su osito de peluche y corre hasta su habitación.
-No te cree -comenta mi esposa.
Pero sólo yo sé, porque alguna que otra vez he ido a visitarle mientras dormía, que él también por las noches mueve su boquita arriba y abajo sin saber porqué y una sonrisa en sus labios le delata, esa sonrisa me dice que, de alguna u otra forma, ha capturado al escurridizo sabor. Sin saber que yo estoy allí mira por encima de los barrotes de la cuna de su hermana y le regala una mueca de triunfo.

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